¿Equidistancia? (ni chicha, ni limoná)

Que estamos en tiempos convulsos es ya un tópico. Basta echar un vistazo a nuestro mundo para darnos cuenta de que atravesamos una profunda zona de turbulencias a todos los niveles. A escala planetaria y a escala local.
Las calles bullen de protestas. Hay mucho ruido, gritos, y crispación y el ambiente está convulsionando continuamente. Estamos asistiendo a un período de profundas crisis que no voy a analizar.
Me pregunto sobre la posición de los cristianos ante estos hechos.
Aunque no suelen ser objeto de los medios de comunicación, hay muchos cristianos en las brechas, en esas zonas de conflicto. En las fronteras donde se da la confrontación y el terreno desconocido: religiosas prodigando sus cuidados a los inmigrantes hacinados en las playas de Ceuta; voluntarios repartiendo comidas calientes a las personas que viven sin hogar en muchas ciudades de nuestro país; una pléyade de voluntarios que visitan las cárceles aportando ternura y recordando a quienes cometieron delitos que ellos valen más que sus actos, y que nadie puede ser despojado de su dignidad de hijo de Dios.
Pienso en la multitud de personas, algunas ya de cierta edad, que mantienen vivo el servicio de Cáritas en miles de parroquias en España. Y así… se podría seguir.
Pero me preocupan, dentro de la iglesia quienes se colocan en el bando contrario, asumiendo el falso relato de la invasión inmigrante; quienes se empeñan en resucitar el viejo mito de la cristiandad, o peor aún, quienes muestran nostalgias de nacional catolicismo, empeñados en quedarse atascados en formas de pensar de hace siglos. No es la visión de la sociedad lo que me inquieta: es el disfraz cristiano que se da a actitudes contrarias al evangelio, como la discriminación; el supremacismo, cuando no el racismo y la violencia. Recuerdo con tristeza las declaraciones de cierto sacerdote que llamaba poco menos que a la guerra frente a la muchedumbre de desarrapados que llegó a las puertas de Ceuta. Me escandalizan las tomas de posición de algunos obispos, y el silencio de la mayoría de ellos.
También me produce un cierto desasosiego quienes optan por mantenerse alejados del bullicio, y no se comprometen con nadie, adaptando el principio aristotélico de la equidistancia como criterio infalible de verdad. “Ni con unos, ni con otros”, parecen decir. Y así se sienten aliviados frente a la tarea de dirimir entre partes enfrentadas.
Se puede entender que una persona llegue a la suspensión del juicio, ante problemas complejos. Pero adoptar la neutralidad equidistante como principio, no es demasiado evangélico.
El criterio de la paz y la concordia es cierto: la paz es un valor evangélico innegable, pero la coherencia evangélica llama a tomar postura y levantar la voz cuando se producen atropellos y se maltrata al débil e indefenso.
El mismo Jesús tomó posición frente a los fariseos, que despreciaban al pueblo porque no les seguía el ritmo, y frente a los sacerdotes, que vivían muy alejados de los problemas cotidianos de la gente, ocupados como estaban en el culto del templo y los beneficios que reportaba.
No tuvo empacho de atacar duramente a quienes se creían depositarios de la fe de Israel, pero no eran capaces de reaccionar frente al sufrimiento de una persona.
Jesús fue pacífico, pero no fue neutral. Él tomó partido frente a los poderes de este mundo, porque hablaba en nombre de Dios Padre, que ama a todos sus hijos, y espera pacientemente el regreso de quien se alejó de Él.
Por eso el cristiano no puede ser neutral ni equidistante. Está inmerso en un mundo en el que hay muchas víctimas, y por eso su punto de vista debe de ser el de las víctimas, como lo recordaba el papa León en la “Magnifica Humanitas”.
No es buen criterio evitar meterse en líos a ultranza. Cierto que no hay que buscar el conflicto por sí mismo, pero a veces es inevitable. Cuando se pisotea al débil, se desprecia al pobre, y hasta se intenta explicar la desigualdad y la injusticia con justificaciones de falsa teología, es necesario posicionarse y alzar la voz, aún con el riesgo de verse criticado, incomprendido, y ser objeto de polémica.
En nuestro mundo hay muchas víctimas de un desorden social injusto que crea desigualdad y dolor. El primer paso es tener sensibilidad para descubrirlo. Porque quien no se da cuenta del sufrimiento ajeno, puede ser que esté demasiado alejado de él.
En ocasiones no solo es conveniente alzar la voz, sino que es una obligación. Cuando no se reacciona frente a la violencia ejercida contra el débil, entonces no se es neutral. Se es sencillamente cómplice.
