Mastícamelo

Hace un tiempo hablaba con una profesora de educación infantil, la cual me explicaba el increíble grado de inmadurez con que llegan algunos alumnos de tres años a esa clase en relación a sus homólogos de años atrás: son incapaces de manipular ningún objeto sencillo, como abrir una caja, o deslizar una cremallera. Algunos, incluso muestran dificultades para masticar la comida, porque en casa se la trituran siempre, para ahorrarles el esfuerzo de masticar. Cuando estos niños se enfrentan al entorno de una clase de infantil, se encuentran perdidos ante tareas simples y evidentes, incluso para niños de tres años. Pero para estas nuevas generaciones suponen un reto.
Le estuve dando vueltas a la anécdota. Resulta que estas generaciones crecen tan arropadas y protegidas, que son incapaces de hacer algo tan evidente para la supervivencia como el masticar. Menos mal que la función respiratoria es involuntaria, de lo contrario, algunos estarían condenados a la asfixia por incapacidad de ejercer esas funciones de forma autónoma.
Hace unos años, en una ciudad de la geografía española, al regresar de una excursión me sorprendió la reacción de un adolescente de unos quince años, el cual, al bajar del autobús, le entregó la mochila a su madre para que se la llevara. Yo me dirigí a él, y le dije… “ Pero hombre, ¿vas a permitir que tu madre te lleve la mochila?, ¿no tienes tú la fuerza necesaria?”. El caso es que ésa era su forma habitual de proceder.
He oído decir a algunos profesores de universidad que en ciertas ocasiones tienen que lidiar en las tutorías con ¡madres de alumnos de más de veinte años!, para resolver asuntos de gestión ordinaria. Como si todavía dependieran de ellas.
Detrás de éstas y otras anécdotas hay una forma de entender la vida, la felicidad, la antropología. Hay detrás de todas estas anécdotas, una actitud que busca ahorrar la frustración y el sufrimiento, desplegando una capa protectora para que el niño no sufra, y no tenga que enfrentarse a la dura realidad. Sin embargo, todo ese despliegue de medidas protectoras no hace sino prolongar la infancia, a pesar del hecho evidente que los padres no podrán estar perpetuamente al lado de los hijos, y llegará un día en que tendrán que resolver los problemas por ellos mismos. Y entonces descubrirán que no saben hacerlo.
Este estilo educativo se basa en el principio falso de que la vida es un parque temático, o por lo menos, es ésa la forma implícita de verlo. Se ve todo esfuerzo como extenuante; toda dificultad como agotadora; toda frustración como intolerable; todo dolor como insoportable. Y así se va retrasando la madurez cada vez más. Recuerdo un libro de Freud que se titula en castellano: “Más allá del principio del placer”, en el que profundiza en el hecho de que los humanos no nos movemos únicamente buscando la satisfacción placentera de nuestras necesidades. La frustración bien dosificada ayuda a la madurez; a adquirir el principio de la realidad.
El afán obsesivo por eliminar toda dificultad a los hijos no hace más que prolongar su dependencia, y con ello, estirar la infancia más allá de lo razonable.
Los educadores ven en las aulas crecer los casos de vulnerabilidad psicológica; las disfunciones emocionales y las crisis de ansiedad, que son la estrella de los consultorios psicológicos. Está creciendo una generación que no sabe gestionar el dolor ni la frustración, es decir, es tremendamente vulnerable. Porque la madurez consiste en aceptarse a sí mismo tal como uno es; aceptar a los demás como son, y aceptar la realidad tal como es.
La vida no es un videojuego, ni un cuento de guardería. En un conjunto de experiencias positivas y negativas, de éxitos, fracasos, alegrías, y tristezas, a la que podemos dar un sentido desde la fe. Porque para los cristianos, además, el sufrimiento puede ser la forma de expresar el amor, que es lo mejor de nuestra vida.
La sabiduría de la cruz, de la que habla San Pablo, es la manifestación última de un Amor que sale de sí mismo, se difunde en pura gratuidad y contagia y busca expandirse, y así, afronta el dolor como la consecuencia de una entrega sin límites.
Lo diametralmente opuesto a esta filosofía autorreferente y tóxica del ego llevado a la última expresión, que sólo consigue alcanzar sus fines a costa de los demás.
